Fútbol | Durante más de cuarenta días vivimos atrapados entre la ilusión, la pasión y una catarata de teorías conspirativas que, con el correr del torneo, fueron perdiendo fuerza frente a la realidad de la cancha.
Se dijo de todo. Que el Mundial estaba arreglado para que Argentina y Francia jugaran la final. Que el campeón ya estaba decidido. Que Lionel Messi terminaría como goleador y Bota de Oro porque así lo había dispuesto el poder económico.
Que el imperio necesitaba un campeón perfecto para un Mundial organizado en un país donde, según muchos, todo sería artificial alrededor del fútbol. Incluso se repetía que, con tantos seleccionados participantes, el torneo no despertaría interés. "A nadie le importa el Mundial", afirmaban algunos con absoluta convicción.
También se dijo que la Selección Argentina estaba integrada por jugadores desclasados, desconectados de la realidad del país, muchachos a quienes poco les importaba el sufrimiento cotidiano de los argentinos. Que el VAR favorecía sistemáticamente a la AFA. Que cada fallo arbitral respondía a un plan previamente diseñado. Las sospechas parecían valer más que el fútbol.
Pero el campeonato fue demostrando otra cosa. Mostró partidos vibrantes, estadios repletos, millones de personas pendientes de cada encuentro y una Selección que volvió a generar un sentimiento de pertenencia difícil de explicar con estadísticas o teorías. Porque el fútbol, cuando rueda la pelota, suele derribar muchos discursos.
Esta vez no llegó el título que tanto anhelaba el fútbol argentino. Tampoco el que soñaban los hinchas de la Selección y, especialmente, los admiradores de Lionel Messi.
El desenlace no fue el esperado. Sin embargo, queda algo que también merece ser valorado.
En medio de tantas preocupaciones, de tantas discusiones y de una realidad que muchas veces golpea, este equipo volvió a regalarle a millones de argentinos un motivo para reunirse, abrazarse, emocionarse y creer durante más de cuarenta días.
No fue el título. Pero sí fue un "cacho" de alegría. Y en tiempos donde las buenas noticias suelen escasear, ese regalo también merece un sincero gracias.